Magia, pseudociencia y ciencia (I)

El pasado mes de enero, la revista de cubana Juventud Técnica (JT), publico un trabajo (en cuatro partes) de la autoría de los Doctores en Ciencia Jorge A. Bergado Rosado y William Almaguer Melián, ambos pertenecientes al Centro Internacional de Restauración Neurológica, CIREN; bajo el sugerente título Magia, pseudociencia y ciencia. Una reflexión desde la Neurobiología; en el cual hacen un acercamiento a un tema que en los últimos años ha cobrado nuevos bríos, y que en este blog ha sido tratado en alguna que otra oportunidad.

A partir del día de hoy, y durante cuatro días consecutivos, pondremos a su consideración este trabajo, el cual fue presentado por JT bajo la siguiente nota:

La revista Juventud Técnica pone a disposición de los lectores un material que polemiza sobre el lugar de la ciencia en la sociedad actual. A tono con los debates que se suceden en el país, en torno a la nueva política económica y social, el artículo aporta criterios que contribuirán con la reflexión colectiva.

Magia, pseudociencia y ciencia.
Una reflexión desde la Neurobiología (I Parte)

Por DrC. Jorge A. Bergado Rosado y DrC. William Almaguer Melián (Centro Internacional de Restauración Neurológica, CIREN)

Volando hacia Europa, hace algunos años, tocó de vecino a uno de los autores un joven cubano de aspecto profesional. Fue el último en abordar y en el obligado diálogo que imponen diez horas de vuelo, el autor-viajero le recordó que había estado a punto de perder el avión. Respondió que se había demorado, pues había confrontado problemas de sobrepeso al despachar su equipaje. Respuesta sorprendente, porque nosotros solemos tener esos problemas al regreso, pero no a la ida. Ante el asombro, aclaró: “Es que viajo con todos mis santos”.

Pero la sorpresa fue aún mayor cuando, en el curso de la conversación, fue revelando que era graduado de Historia en la UH y ex profesor de esa asignatura en una escuela superior. Sobre su recién descubierta fe en los cultos africanos dio una explicación: la caída del campo socialista le había quitado el piso de debajo de sus pies, la santería le había salvado. Le había devuelto un asidero, algo en que creer, algo en que confiar.

Hace menos tiempo, un reportaje de una televisora alemana seguía paso a paso los andares de una ciudadana de ese país centroeuropeo, que venía a Cuba a “hacerse el santo”. Venía acompañada de su esposo quien lo había hecho ya el año pasado.
Meditando sobre esos dos sucesos nos preguntábamos ¿cómo es posible?, ¿cómo puede ser que personas educadas e instruidas terminen abandonando toda racionalidad y ciencia para adscribirse a prácticas mágicas?

Concluíamos que estos casos son solo ejemplos, aunque no aislados, de cómo sobreviven en los seres humanos creencias superadas tan solo en apariencia. Queremos, en este artículo, intentar explicar qué factores hacen a las personas, aún a las más modernas y cultas, presas de supersticiones y ritos.

Haremos algunas consideraciones acerca de las características del pensamiento científico para evidenciar su condición de construcción cultural y presentaremos argumentos para mostrar las bases biológicas que nos hacen vulnerables ante el embate de creencias atávicas.

La ciencia y sus orígenes

La ciencia, surgida en el alba de una nueva era, de renacimiento intelectual, hereda de la magia la motivación inicial, conocer la naturaleza para utilizarla en nuestro beneficio; pero a diferencia de esta solo utiliza conocimientos confirmados por un método riguroso y efectivo, recurso poderoso y creativo: el del Método Científico.

Dos factores sirvieron de impulso a este desarrollo nuevo y único. Uno, económico: el capitalismo naciente necesitaba conocimientos confiables para hacer mover sus máquinas de modo cada vez más eficaz y más eficiente. El otro, ideológico: del enfrentamiento entre racionalismo y empirismo se erguía vencedor el segundo. Un hombre sintetizó en su accionar las bases fundacionales de la ciencia moderna: Galileo.

El papel del capitalismo naciente en el desarrollo inicial de las ciencias ha sido objeto de análisis en innumerables y enjundiosos estudios con los que no pretendemos emular. En un marco más restringido la pugna entre racionalismo y empirismo ha sido objeto de profunda revisión por la filosofía. Solo una nota para recordar en qué consistía ese antagonismo del cual nació la ciencia.

El racionalismo de aquella época heredaba toda la tradición filosófico-matemática anterior de la cultura greco-latina y tenía respaldo en la iglesia católica, apoyada en sus dos colosos: Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. El objeto del conocimiento es Dios; la ciencia -por otra parte empeño menor- es Aristóteles y Aristóteles es la Ciencia. Amén. Los conocimientos se obtienen por medio de la reflexión, la introspección, el pensamiento. La razón es el instrumento que (regalo divino) permite a los hombres comunicarse con Dios y obtener la forma más pura y alta de verdad: la verdad revelada.

La práctica, la experiencia, la empiria, solo tenían cabida en este teocrático proceso intelectual, como fuente de observaciones lúcidas que solo el Señor podría confirmar poniendo ideas claras en la mente de sus elegidos.

Los empiristas, por el contrario, ponían todo el valor en la experiencia, en los hechos. Galileo aplicó este principio como método para obtener conocimientos confiables, más allá de la lógica. Impuso a sus ideas la verificación por medio de algo que ha venido a ser la piedra angular de todo el desarrollo científico posterior: el experimento. La observación y el razonamiento solo son fuente de ideas, ideas concretadas en forma de hipótesis, que experimentos diseñados ad hoc habrán de comprobar o negar. Para el creyente la más grande verdad es la verdad revelada; para el científico es la hipótesis comprobada.

Para comprobar es necesario medir y cuantificar. Midiendo y cuantificando Galileo comprobó la verdad de la teoría cosmogónica copernicana. La confirmación de esta hipótesis casi le cuesta la vida y dejó para la Historia una frase que no dijo y que es el summum del pragmatismo: e pur si muove.

Menos conocidos, pero más importantes, fueron los experimentos galileanos de cinemática, la rama de la física que se ocupa del movimiento de los cuerpos. Midiendo y comparando los tiempos de caída de los cuerpos dio origen a la mecánica y con ella fundó la física, madre de todas las ciencias naturales. El mejor razonamiento, la hipótesis más lógica, no se constituyen en verdades hasta que sean confirmados experimentalmente; es decir, en la práctica.

Estos experimentos son el modelo que se impondrá en las ciencias naturales. De la física se extenderá a otras ramas. La química nacerá de la alquimia y la biología, completado en lo esencial el inventario de seres vivos por Linneo, y conocidos los órganos del cuerpo, podrá ahora preguntarse: ¿cómo funciona? Los conocimientos así obtenidos serán incorporados en forma de teorías científicas, pero este no es el final.

Las teorías sirven para hacer predicciones que pueden, a su vez, ser verificadas o negadas por nuevos experimentos. Sirven también para desarrollar nuevas máquinas y tecnologías, nuevos medicamentos y tratamientos, cuyo buen o mal funcionamiento seguirá aportando elementos de verdad o falsedad a la teoría que las sustenta.

La Ciencia es un proceso interminable, cambiante siempre ante los nuevos hechos que nuevas técnicas permiten descubrir; solo un elemento permanece inalterable: la práctica, la experiencia, la empiria como criterio último de la verdad.

Destacar el papel del Galilei no niega el gran aporte de otros muchos que le antecedieron, o compartieron con él los elementos fundacionales de la Ciencia Moderna. Una forma de hacer y de pensar, que no es intuitiva, ni primitiva, ni biológica, ni compartida con especie alguna.

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