Magia, pseudociencia y ciencia (III)

Magia, pseudociencia y ciencia.
Una reflexión desde la Neurobiología (III Parte)

Por DrC. Jorge A. Bergado Rosado y DrC. William Almaguer Melián (Centro Internacional de Restauración Neurológica, CIREN)

Hombre, sociedad, magia y religión

El hombre biológico posee una imaginación poderosa y es gregario. El gregarismo se construye sobre bases de confianza; confianza en los otros miembros del grupo, horda, tribu, nación o estado. Aunque muchas personas hoy día reniegan de la confianza, lo cierto es que aún hoy, nuestra existencia en sociedad se basa en la confianza mutua. Confiamos en el conductor del ómnibus que nos lleva al trabajo, en el panadero que elabora el pan nuestro de cada día, en el médico que nos prescribe un tratamiento… Son solo ejemplos, la lista sería demasiado extensa.
De modo que nuestro imaginativo y gregario hombre biológico se sociabiliza con otros en quienes confía y además ¡habla!

La palabra es, sin dudas, la herramienta más útil y el arma más poderosa inventada por el hombre. La palabra permite coordinar acciones, describir lo existente, pero también lo imaginario. Es también una vía para conservar y hacer durar una forma nueva de herencia sin parangón biológico: la herencia cultural.

Así pues el hombre, en su vida social, ha añadido nuevas formas de aprender y de establecer asociaciones a partir del lenguaje. Indudablemente, el lenguaje puede sustituir la experiencia más o menos eficazmente según la “labia” y el poder histriónico de nuestro interlocutor.

Escuchar la narración de dolores terribles no duele, pero funciona perfectamente para el establecimiento de asociaciones; basta con imaginarlo, lo cual es extremadamente útil. No todo el mundo tiene que aprender por experiencia propia lo peligroso que es introducir objetos metálicos en una toma de corriente. A esto llamamos aprendizaje preceptivo que consiste, básicamente, en aprender de la experiencia de otros, transmitida por la narración oral; una información en la cual confiamos.

El hombre social y primitivo tenía dudas, temores y necesidades. Magia y religión surgen y evolucionan de la combinación de todas estas cualidades y de todos estos peligros y preguntas. La primera es un intento de manipular la naturaleza, la segunda un intento de comprenderla.

La creencia en la magia se fundamenta en una asociación imaginada entre fenómenos naturales, o entre estos y acciones humanes. En muchos casos la acción humana remeda una acción natural que se asocia con el fin deseado, como ocurre en lo que Frazer define como magia homeopática. El trueno se asocia a la lluvia, el tronar de un tambor mimetiza la acción del trueno y debe, por tanto, hacer llover.

El inventario de ceremonias mágicas que han existido a lo largo de la historia humana es enorme. Cada pueblo y cada cultura las tuvieron. Simples o complejas, ingenuas o sofisticadas, inocentes o crueles hasta el sacrificio humano. La magia fue un recurso primitivo y, las más de las veces, fallido; eso la hizo ceder en primacía a la sumisión ante imaginarios, etéreos y poderosos seres: espíritus y dioses. Ceder no significa desaparecer. Sorprende hoy constatar que las prácticas mágicas siguen siendo en nuestra moderna y civilizada sociedad un recurso empleado por millones de personas -en todo el mundo- para obtener el bien para sí y los suyos o el mal para sus enemigos.

No excluimos, por supuesto, a nuestro país, donde florece la hechicería asociada fundamental, aunque no exclusivamente, con los cultos africanos. La larga vida de la magia es una muestra de la fuerza de las asociaciones, aún de las que nos llegan por vía indirecta. Tienen poderes de hechizo esas anécdotas que se narran ponderando la efectividad de prácticas mágicas y conjuros. Los fracasos, las predicciones no cumplidas y los ensalmos fallidos se olvidan, se pasan por alto ante el ocasional y aparente éxito de algunos intentos. Por eso la magia pervive a pesar de sus reiterados fracasos. La magia es primitiva, pero es expresión del afán del hombre por encontrar vías útiles para poner las cosas del mundo y la naturaleza a su favor y servicio.

La imaginación del hombre es poderosa, mucho más que los fracasos. Este inventó un espíritu para sí, y lo extendió a otros seres vivos e inanimados, dando así origen a la pléyade de ánimas que repletan los panteones totémicos primigenios. Incapaz de dirigir a su antojo a las fuerzas naturales, la rendición llega en la religión. En lugar de exigir, suplica. Y los espíritus se transforman en dioses que se van sublimando en un dilatado proceso de depuración intelectual hasta convertirse en monopólicos seres eternos y todopoderosos, sin rostro ni cuerpo, etéreos y omnipresentes, insondables en sus propósitos y omnisapientes.

Los dioses fueron hipótesis colosales, y más que eso: fueron herramientas sustitutivas de las ineficaces ceremonias mágicas. La religión, vista en una perspectiva histórica, fue la claudicación de los hombres ante sus propias creaciones y dominó la vida y la cultura europeas durante la larga noche intelectual del medioevo.

Los dioses compartidos fueron también elementos de unión de las sociedades humanas primitivas y, por ese camino, llegaron a ser herramientas de enorme valor para justificar la explotación de unos hombres por otros en las sociedades clasistas, desde su inicio hasta hoy.

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